En 1998 me harté de ver cómo los vecinos del pueblo tenían que llamar
a pintores de Madrid o de Segovia que subían los lunes, hacían lo
justo y bajaban los viernes. Me di de alta como autónomo, cargué una
furgoneta con dos escaleras y un par de cubos, y empecé a pintar
casas en El Espinar.
Desde entonces no he parado. Sigo siendo yo solo —la misma persona
que recibe la llamada, va a ver la obra y termina subido al andamio—
y eso no va a cambiar. Si me contrata, habla conmigo de principio a
fin. Sin intermediarios, sin oficinas, sin cuadrillas que rotan.
En estos años he comprado mi propio andamio para no depender de
alquiler, me he formado en estucos y decorativos, y he aprendido lo
que se aprende pintando en el mismo pueblo durante 25 años: qué
pintura aguanta los inviernos, qué casa tiene problemas de humedad
y qué color queda bien con la luz que entra a cada hora.